La exhibición del Falcon 9 en la NASA muestra el cambio en la política espacial
Al entrar en las instalaciones de la NASA en Houston, Texas, lo primero que llama la atención de los visitantes no es el programa Apollo ni el transbordador espacial, sino el propulsor del cohete Falcon 9 de SpaceX. En torno a uno de los símbolos de la exploración espacial, la política de Estados Unidos ha cambiado de forma significativa.
La competencia elegida por la NASA
La NASA de 2006 atravesaba una crisis silenciosa. Habían pasado tres años desde el accidente de explosión en vuelo del transbordador espacial, su retirada ya estaba decidida, pero el plan sucesor no avanzaba y la cooperación con Boeing y Lockheed Martin también había entrado en disfunción. Los plazos se retrasaban, los costos aumentaban y se acercaba una situación de dependencia de Rusia para el suministro a la Estación Espacial Internacional.
Ante ello, la NASA se apartó del modelo tradicional de entregar fondos a las empresas de una sola vez y adoptó un sistema de hitos que paga en función de los resultados. No se autorizó presupuesto adicional y, si no se cumplían los objetivos, el contrato se rescindía. Aunque este método, que enfrenta a varias empresas entre sí, generó escepticismo dentro de la agencia y en el Congreso, la NASA no tenía margen para dar marcha atrás.
Cómo SpaceX cambió el panorama
Seis años después de esa competencia, la que logró abastecer con éxito a la ISS fue SpaceX. La compañía también acumulaba fallos en aquel momento y estaba al borde de la quiebra, pero, con un desarrollo llevado al límite, puso en uso cohetes reutilizables y reconfiguró el mapa de poder de la industria espacial.
El propulsor del Falcon 9 instalado en la sede central de la NASA no es solo un monumento tecnológico. También es un símbolo de la forma de pensar al borde del precipicio con la que la NASA cambió de política.
Competencia impulsada por el Estado
En Japón también se cuestiona la estrategia de crecimiento basada en la colaboración público-privada que impulsa el gobierno de Sanae Takaichi. La inversión acumulada entre sector público y privado supera los 370 billones de yenes, según se afirma. Mientras unos sostienen que el enorme apoyo estatal es indispensable, otros defienden que el Gobierno no puede juzgar qué industrias triunfarán y que debe dejar la decisión al mercado.
Sin embargo, en una era en la que la ciencia, la tecnología y la industria están estrechamente vinculadas, sin apoyo a escala nacional ni siquiera se obtiene el derecho a participar en la carrera global. Lo importante no es acumular subvenciones o compras públicas, sino crear la competencia más dura y un mecanismo para seleccionar al ganador.
Tras el rápido crecimiento de los vehículos eléctricos y los paneles solares en China, no solo hubo enormes subsidios y medidas preferenciales, sino también un entorno competitivo dirigido por el Estado. El día 17, la startup de IA generativa Moonshot AI presentó Kimi K3, un modelo de código abierto comparable a la IA avanzada de Estados Unidos. En el mercado chino conviven y compiten empresas como Baidu, Tencent Holdings y DeepSeek, y la compañía no fue más que una de las que lograron salir adelante entre ellas.
El Gobierno aporta dinero, pero no decide quién gana. Crea un gran campo de juego, hace correr a numerosas empresas y no rehúye que haya perdedores. Ese diseño implacable fue lo que entrenó con rapidez a la industria tecnológica china.
Taiwán y Corea del Sur también diseñan la competencia
Estados Unidos, aunque es un país de mercado, también fue un pionero del capitalismo de Estado. Si se rastrean los orígenes de internet, del sistema de posicionamiento global y de los semiconductores, se llega a las enormes inversiones del Departamento de Defensa y de DARPA. DARPA también es conocida por su mecanismo de hacer competir a varias organizaciones y modificar la asignación de fondos, una estructura diseñada para que la competencia no se detenga.
Japón ha proclamado una y otra vez estrategias de crecimiento durante las tres décadas perdidas. Elegir empresas que cumplen las condiciones e invertir en ellas, esperando luego sus resultados, no genera competencia. Incluso en los debates sobre Rapidus o la Japan Cool Japan Fund, el foco no está tanto en si debe intervenir el Gobierno o en el monto, sino en si se está excluyendo la competencia.
Las inversiones públicas en Taiwán y Corea del Sur tampoco se limitan necesariamente a un enfoque de concentración en un solo punto como el que se ve en Japón. Taiwán creó Taiwan Semiconductor Manufacturing con el Gobierno como accionista, pero antes ya había impulsado bajo dirección estatal la introducción de tecnología de semiconductores, la formación de clústeres industriales y la concentración de talento. De ahí surgió TSMC.
El auge de la ola coreana tampoco se debió a que el Gobierno eligiera a BTS o a El juego del calamar. El trasfondo fue formar en gran escala a productores, guionistas y directores, y preparar un terreno en el que las productoras de entretenimiento compitieran entre sí.
La competencia también genera perdedores. La NASA eligió junto con SpaceX a Rocketplane Kistler, pero rescindió el contrato por no alcanzar los objetivos. La empresa recurrió ante la Oficina de Responsabilidad del Gobierno de Estados Unidos y el Congreso, pero más tarde quebró. El diseño competitivo es también una política que exige estar dispuesto a aceptar perdedores y asumir responsabilidades.
En una era en la que los Estados compiten por diseñar la competencia, ya no hay margen para seguir funcionando mal. Igual que la NASA cambió de rumbo al borde del precipicio, Japón se enfrenta a la pregunta de si puede también girar su estrategia con una mentalidad de acantilado.
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